jueves, 3 de mayo de 2012

Por favor, llámeme Walt.


- Ya han pasado varios años tras esos sucesos y todavía siguen en mi cabeza todas aquellas imágenes, con sus gritos y el estrepitoso ruido de los balas impactando contra sus pechos.
Todas las noches tardo en dormirme, o simplemente, no duermo. Cuando llega el atardecer, me preparo la cena, la tomo en el salón viendo las noticias del día y cuando son las diez, pongo mi sillón enfrente de la trancada puerta del salón. Voy al mini bar, lleno un vaso hasta el borde de whiskey, me siento y coloco el subfusil en mi regazo. Cuando el reloj va avanzando en medio de la oscuridad, el cansancio empieza a pesar sobre mis párpados y empiezo a dormir. Entonces empiezan todos esos sueños… Veo a aquellos soldados que tuvimos que matar a palazos. ¡Joder! Eran solo unos muchachos de 17 años que no habían cogido una pistola en su corta existencia y estoy casi seguro que lo único que sabían sobre la vida era que siempre había un final agridulce: agrio por la muerte y dulce por la salvación. Apostaría que soñaban con ser padres, convertirse en abuelos para ser felices por última vez con sus nietos antes de morirse, pero no, se tuvo que dar aquel maldito conflicto con los amarillos y tuvimos que pasar la hoz por los campos para terminar con las malas hierbas de la cosecha.  También sueño con aquella vez que me quedé con tres comunistas coreanos, encerrados en un zulo, que les tuve que matar con mis propias manos, desnudas. Este es el peor de los recuerdos que puedo tener, porque lo que más atormenta a un hombre… es lo que no le ordenan hacer. Pero esto es el principio del mal sueño, porqué después vienen las terribles balas que nos estuvieron acosando durante cinco horas en una trinchera donde solo quedábamos trece personas, y nadie nos ayudó a salir de allí… ¡NADIE! Para eso nos quiere la patria, para tenernos luchando en el frente y cuando solo quedan cuatro gatos heridos, como era en nuestro caso, nos dejan abandonados, a una muerte segura, por que si es por obra divina de Dios estaríamos junto a otros miles de combatientes tumbados mientras dejamos que nos degusten los parásitos.

Entonces llega el momento en el que me despierto con el subfusil entre las manos, con los músculos tensos y lleno de sudor. Oigo ruidos extraños en el exterior, tumbo rápidamente el sillón y me pongo de espaldas a él, cubriéndome, con el arma preparada, esperando a que entren los dichosos rollitos de primavera a que me maten, pero lo único que entra es el aire por las rendijas de la puerta y la cerradura.
Después de que amanece, y como todo niño que sigue teniendo miedo del hombre del saco, salgo poco a poco de su escondite y miro cada recóndito lugar del hogar con el arma dispuesta a abrir fuego contra cualquier movimiento brusco. Algunas veces termino disparando a alguna puerta o cortina debido a la corriente y  siempre tengo que repararla o comprar una nueva.

Entonces se queda en silencio. Todas las palabras que había pronunciado habían sido absorbidas por las paredes y por el otro individuo sentado al lado suyo. Se mantenía recto y frío, pero realmente interesado en la historia que el anciano hombre le estaba narrando. Paró de tomar apuntes en su bloc, llevándose la pluma al bolso de su camisa. Se quitó las gafas y espero, como si yo tuviera respuestas a todas sus preguntas. Me analizaba de arriba abajo, escrutando con su lúgubre mirada cada centímetro de mi perceptible piel. Se quedo callado. Acto seguido me preguntó.

-  Me acabas de contar las cosas que te imposibilitan ahora mismo estar tranquilo pero, ¿por qué no me hablas de las cosas que pasaron durante tu estancia fuera de tu casa, como por ejemplo, esas cicatrices?

Silencioso, me siento en el sillón en el que estaba me había encontrado tumbado hasta el momento,  me sitúo de frente a él, me quito la camisa y me arremango la pernera izquierda de los tejanos. El hombre coloco su espalda lo más pegado a su silla posible, con los ojos desorbitados, por asco o por saber como puede estar eso ahí, pues las cicatrices que estaba viendo no eran uno o dos cicatrices pequeñas, eran enormes, cruzaban todo su abdomen, pecho, brazos y la pierna.

- ¿Por cuál quiere que le empiece? -le señalo la del brazo, con precaución, como si fuera a cobrar vida y a traspasarle el daño sufrido- ¡Ah! Esta… Empiezas por mi favorita, esta me la hice en el zulo, y por lo que parece, te has fijado en que tiene una forma circular, es debida a que me querían amputar el brazo en el forcejeo. Las de mi torso como puedes observar, junto a las de la pierna, son de balas, en la maldita trinchera donde nos dejaron tirados –entonces se gira y le muestra su espalda, toda ella una cicatriz de por si- ¿Ves esto? Este es el precio de intentar salvar una vida, y luego aun así se te escape entre los dedos.

De repente, deja de hablar, y la sala vuelve a sumirse en un profundo silencio, pero esta vez tenso. El anciano se sentaba a la vez que se abotonaba despacio los botones de la camisa, pero en su semblante solo podía verse frustración, y dolor. Cuando terminó, se volvió a recostar en el sillón y cerro los puños, apretándolos, mientras murmuraba una serie de palabras inteligibles.

-¿Me parece que has dicho algo que no has dicho en las otras reuniones que hemos tenido, verdad Walt?- volvió a coger sus apuntes y saco despacio su estilográfica del bolsillo.

- No me llames Walt, ¿cuántas veces te lo tendré que decir? Señor Kowalski para usted, que no somos tan amigos para tener estas confianzas –se mantiene unos segundos callado, dudando si decirle la verdad o no- Si, he dicho algo que nunca he dicho, y ahora mismo se lo diré y haber si termina de una vez el infierno de pasar a verle cada miércoles, que un jubilado tiene cosas mejores que hacer, como pasar la cortacésped por su jardín o ir al monte a por leña.

Estupefacto, se intenta relajar tras tal visión de la piel de un soldado descuartizada en una masacre para asimilar mejor lo que le iba a contar a continuación, pues nunca había querido hablar sobre aquello.
- Durante mi estancia en la parte oriental de Asia, cuando fui herido de la pierna, conocí a una chica de mi edad más o menos, era una enfermera novicia, estadounidense, era como una madre, se preocupaba por mí y por los demás. Era una monada de chica. Le gustaban muchas cosas que a mí me gustaban, y sobre todo, era de la misma ciudad que yo. Yo de aquella era soltero, no había ninguna mujer en mi vida y bueno… - hizo una breve pausa, como lamentando todo lo que estaba recordando- la pedí salir. Fue mi primer y gran amor de mi vida, pero eso solo duró unos meses –aquí se calló, dando por concluido el tema de conversación.

-¿Y que paso Kowalski?  No permitiré que usted ahora que está abriéndose deje de hablar solo por remordimiento pasados, ¡supérelos!

- No es fácil Páter… no es fácil. Unos días después estaba saliendo con ella, me sentía un hombre nuevo, cada vez que me tocaba ir al frente no pensaba en tener que matar a gente y en tener que sobrevivir, nada de eso, solo pensaba en volver junto a ella, hasta que llegó ese día. Unos meses después, los malditos kamikazes atacaron el campamento base, mientras era de noche. Cuándo nos avisaron del ataque era demasiado tarde, estaban todos los amarillos dentro del campamento. Según abrí la puerta de mi departamento había allí un grupo de ellos, con el subfusil me los cargué a todos, y fui abriéndome camino hasta la enfermería, y cuando llegué, solo había cadáveres y sangre, y ella… Ella estaba entre ellos, ¡diablos!, porque tendría que ser ella y no yo… Tuvimos que enterrar a nuestros muertos allí, y yo mismo me encargué de la dulce muchacha, la limpie las heridas y la sangre, la vestí, cavé su fosa y realicé con madera la mejor cruz posible. Es doloroso ver como entierran a tus seres queridos, pero es acongojante ser tu mismo quién tengas que hacerlo. - Walt se sienta de nuevo mientras el semblante serio y apesadumbrado mantiene la mirada fija en el suelo- Y no hay nada más, ya le he contado todo lo que me ocurre, todos los días, todas las noches.

¿Por qué cada vez que se callaba ese hombre se inundaba la estancia un aire de seriedad, respeto y serenidad?, se preguntaba Páter. Era como si cargara con el espíritu de todos aquellos que arrasó la guerra, como queriéndose manifestar y dar a la gente conocer que lo que paso allí fue más grave que lo que cuentan los propios anales de la historia.

- Veo, que has visto muchas cosas, y no temes la muerte, pero a veces la deseas. Eso les pasa a los hombres que han visto lo que han visto. Como las flores, vamos muriendo, reconocer la vida, en cada sorbo de aire, en cada muerte…

- Si Páter -le interrumpió secamente- y sabes muchísimo más que todos esos gusanos de bibliotecas y periodistas del momento, que dicen “que estudian sucesos pasados en la historia”, pero lo que deberían estudiar realmente son “las atrocidades que han tenido que vivir los supervivientes de aquellas guerras”.

Unos minutos más tarde, se levanta del sillón, atraviesa toda la estancia para recoger su chaqueta y su sombrero. Según iba a salir por la puerta, Páter se levanta y se despide, con la convicción de que igual así se quedaría un poco más, pero no.

- Tenga buen día señor Kowalski, y vaya usted en paz.

- Gracias,  ya lo crea. Y por favor, llámeme Walt.

Entonces salió por aquella puerta blanca, cerrándola con suavidad, oyendo un fugaz pestañeo al dejar de girar el pomo, por la cual no volvería a pasar ese hombre nunca más.

En memoria de todos aquellos
Que tuvieron que dar su vida
Por la arrogancia de otros…

1 comentario:

Laila:) dijo...

Num!! jajaja hacia mil que no actualizabas ajjaa
m gsta mcho ;) tiene partes del txto q me enseñste, vrdad? :)
Un bsito(: